Reflexiones en torno a las dificultades que enfrentan las mujeres en el mundo laboral desde el punto de vista del género.
Rosmari Sánchez Álvarez
Los cambios socioculturales que han venido ocurriendo en las sociedades capitalistas, tienen relación con cambios en las relaciones de género y en la creciente participación de la mujer en el trabajo remunerado, esta se produce señalan Todaro y Yañez (2004) ya sea por insuficiencia del salario familiar, mayor desocupación masculina, mayor demanda de mano de obra femenina, cambios en las estructuras de la familia, mayor porcentaje de mujeres en la jefatura de hogar, cambios en los estilos de vida y mayores expectativas de las mujeres de un desarrollo personal y profesional.
Pero la incorporación de la mujer al trabajo remunerado también ha tenido relación con la llamada segmentación del mercado laboral, el argumento predominante en las sociedades occidentales sobre los “dedos delicados” determinan, según Delano (1997) que desde la infancia de una mujer hay ciertas actividades o trabajos en que ellas se “desenvuelven mejor”, de adultos esto sólo se repite, y es aceptado y traspasado al mercado laboral en donde se produce una segregación del mercado laboral, señalándose áreas de desarrollo masculinas y otras femeninas.
Así presenciamos en el mercado laboral una reproducción de los roles de género históricos, pues las mujeres desarrollan actividades que son extensiones de las labores domésticas y las mismas personas que las contratan esperan que ellas -estas habilidades- se manifiesten en las diferentes tareas que desempeñan. (De Oliveira, O., Ariza, M. 2000, Salzinger en de la O 2006:412, Delano 1997, Lamas1996).
En posteriores investigaciones se advirtió sobre la transferencia de habilidades y disposiciones femeninas reconocidas en el hogar, hacia el trabajo en empresas multinacionales, bajo esta perspectiva la docilidad y la destreza femenina se convirtieron en características necesarias para el trabajo minucioso y repetitivo del ensamble (Salzinger en de la O 2006:412).
En el sentido de que se consideran sus actividades laborales extensiones de las labores domésticas, se produce una desvalorización de estas, la mujer y el trabajo doméstico en general tienen un tinte de invisibilidad, este se asume como un trabajo netamente correspondiente a ellas, se ve a las mujeres como “amas de casa”. En este sentido cuando la mujer se inserta a los trabajos asalariados, tiene condiciones laborales y salarios inferiores y precarios a los de los hombres (Moore 1996).
Otra arista a destacar en el ingreso de la mujer al mercado laboral es que lo hizo de la mano de la flexibilización laboral, esta puede ser descrita por medio de jornadas no rígidas y horarios laxos (CIEG 2014). Una de las formas es que se manifiesta la flexibilización laboral es la subcontratación.
En sus primeros años estas fábricas se caracterizaron por el uso intensivo de la fuerza de trabajo en actividades de ensamble, atendiendo al esquema de ventajas comparativas en cuanto a la abundancia y bajo costo de la fuerza laboral, empleando especialmente a mujeres jóvenes (de la O 2006:406).
En toda esta lógica no se puede entender a las mujeres como simples espectadoras de este entramado, son actores activos en la transformación de sus condiciones, tomando las distintas formas de ingreso al mercado laboral como alternativas de forjar su independencia, Todaro y Yañez (2004) señalan que “la dedicación exclusiva a la maternidad deja insatisfechas a las trabajadoras, pero la articulación de ambas esferas, (doméstica, laboral) les resulta difícil.” Así se hace necesario superar las iniquidades de género en la división de las tareas domésticas y al interior del mundo laboral. Pues de otro modo todas tenemos una doble o triple jornada laboral.
Siendo la primera la jornada doméstica entendida como una “obligación genérica” que recae exclusivamente sobre las mujeres, esta es invisible, no remunerada y de bajo prestigio social que no “alcanza” para ser considerada trabajo.
La segunda jornada, es la laboral en la cual la mujer debe sobrepasar las diferentes barreras socioculturales y estereotipos y asumir dentro de la lógica de la flexibilidad laboral intensas y extensas jornadas, pues Todaro y Yañez (2004) señalan que actualmente está aceptado que la relación laboral normal nunca tuvo vigor universal y así mismo estas autoras señalan que las actuales sociedades capitalistas se encuentran ante una paradoja, pues a pesar de lo anterior las políticas públicas para lo laboral siguen siendo pensadas para el empleo estándar. La tercera jornada laboral sería la comunitaria, mujeres presentes en movimientos sociales y/o acciones comunitarias.
Se puede añadir una serie de variables que según Selamé (2004:42) tienen que sobrepasar las mujeres en su ingreso al mercado laboral y para mantenerse en el añadiría:
- diferentes barreras socioculturales.
- desigual distribución de papeles en las responsabilidades domésticas y en las vinculadas a cuidado de los hijos, de las personas ancianas y enfermas.
- prejuicios que prevalecen en los estratos sociales de bajos ingresos contra el trabajo de la mujer fuera del hogar.
- estereotipos que priman entre los empleadores frente a la contratación de mujeres como mano de obra.
- falta de infraestructura y de servicios para el cuidado de los hijos e hijas.
- falta de condiciones institucionales, legales y culturales que compatibilicen el papel doméstico y laboral económico que deben asumir las mujeres.
- la baja calidad de los empleos a los que las mujeres puede acceder
Sumaría la escasa gama que tienen los empleos a los que las mujeres trabajadoras pueden acceder, ya sea por autoexclusión o por exclusión social al ser consideradas áreas de hombres, un ejemplo de esto es observar que las mujeres se desempeñan principalmente en áreas de la salud, educación y servicios.
Finalmente y acertadamente señala Perticará (2009) “Pareciera que la mujer debe esforzarse el doble que los hombres por tener un espacio en el campo laboral, y por ser reconocidas como trabajadoras y profesionales y no sólo como madres o esposas.” Pues la mujer para ganar lo mismo que un hombre debe estudiar cuatro años más en promedio y para optar al mismo puesto que un hombre debe tener por lo menos dos años más de estudio que este, así lo señala Abramo, A. (en CIEG 2014)
Bibliografía
CIEG 2014 Módulo de Teorías de Género, Universidad de Chile.
Delano, Priscilla. 1997. “Trabajo, identidad y relaciones de género: Una aproximación en el sector rural chileno”. Revista Austral ciencias sociales, no.1, p.15-24.
De la O, Maria Eugenia. 2006 “El trabajo de las mujeres en la industria maquiladora de México: balance de cuatro décadas de estudio.” Revista de Antropología Iberoamericana, Ed. Electrónica. Vol. 1. Núm. 3 Pp. 404- 427.
De Oliveira, Orlandina, Ariza, Marina. 2000. “Trabajo femenino en América Latina: un recuento de los principales enfoques analíticos” en Tratado Latinoamericano de Sociología del Trabajo. México, Fondo de Cultura.
Lamas, M. 1996 “Uso, Dificultades y Posibilidades de la Categoría Género”, El Género: La Construcción Cultural de la Diferencia Sexual. México, Edición UNAM.
Perticará, Marcela. 2009 “Instrumentando mecanismos para facilitar la inserción laboral de mujeres y jóvenes” en Documento informe final en el marco de Bases de una Política Pública Orientada al Mejoramiento de los Índices de Empleo de Jóvenes entre 18 y 24 Años y de la Inserción de la Mujer en el Mercado de Trabajo Formal y Decente, Santiago de Chile.
Selamé, Teresita. 2004. Mujeres: brechas de equidad y mercado de trabajo. Chile, Proyecto Género, Pobreza y Empleo, Oficina Internacional del Trabajo OIT, Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo PNUD, Santiago de Chile.
Todaro, R., Yáñez, S. 2004. El trabajo se transforma: Relaciones de producción y relaciones de género. Santiago de Chile, Centro de Estudios de la Mujer.
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